Los cuatro siglos de la invasión de Francis Drake a Santo Domingo



La capital de la colonia española de la isla Hispaniola, como la bautizase don Cristóbal Colón, se atemorizó aquella mañana. Frente a las costas de la ciudad aparecieron, de pronto, varios navíos.
Colocados babor contra estribor, se contaban once barcos. Para acercarse a ellos, salió del puerto, don Diego de Osorio, en la única galera en posesión de la isla. Las instrucciones se concretaban en poquísimas palabras: conocer intenciones o destino.

Era la media mañana del 10 de enero de 1586.

Por si acaso, comenzaron a llamarse a los hombres con deseos de enfrentar potenciales enemigos. Se reunió muy poca gente, no tanto por carencia de valor, sino de equipos bélicos para una confrontación como la previsible.

El mismo gobierno de la colonia carecía de las armas apropiadas para enfrentar adversarios capaces de la posesión de tantos navíos. Y cuanto era peor, al discurrir el día, por el avistamiento desde diversos lugares de la costa, pudo saberse de un número mayor a once. Llegaban a sumar entre treinta y uno a treinta y cuatro barcos. Todos con ostensible armamento.

Se decidió hundir y barrenar dos viejos barcos abandonados en la boca del río Ozama. El propósito era impedir un desembarco armado por la ribera del río.

Pero aquellos viajeros, advertidos tempranamente como invasores, estudiaban la ciudad. La ligereza no era, precisamente, su debilidad.

Contaron luego al rey don Felipe III varios testigos de los acontecimientos de las mañas de aquellos invasores.

Todo ese viernes 10 de enero se la pasaron frente a las costas. Al anochecer, levaron anclas con aparente destino desconocido, pero en realidad no abandonaron sus pretensiones. Solamente mudaron el lugar del desembarco. Se fueron hasta Haina y desembarcaron alrededor de mil hombres, según contaron al Rey, los oidores Baltasar de Villafañe y Joan Fernández de Mercado.

En el trayecto desde Güibia a Santo Domingo se asignaron algunos entendidos en lenguas. El objetivo era identificar el idioma de aquellas gente.

Se les oyó hablar. Eran ingleses. ¡Y no eran pocos!

Se supo también del cabeza de aquellas hordas: era Francis Drake, marino inglés. Por las atrocidades de Santo Domingo y los robos a Cartagena de Indias y otras ciudades, habría de ser signado como pirata. Hecho Caballero del Reino por Isabel la hija y heredera del trono de Enrique VIII, la posteridad lo menciona como sir Francis Drake.

El primero en mostrar temor y con ello inducir al desaliento pueblerino, fue el gobernador.
Era nada más y nada menos que Gobernador, Capitán General y Presidente de la Real Audiencia. Y pese a tantos títulos, en aquella hora trágica no fue, siquiera, mantequilla en pan caliente.

Habría de escribir más tarde al monarca del potencial y la disciplina de aquellos hombres.

Decía don Cristóbal de Ovalle en relación firmada junto a los miembros de la Real Audiencia ya mencionados, Villafañe y Fernández de Mercado y don Pedro de Arceo, también oidor, que los soldados marchaban con precisión y con ballestas y arcabuces. Tenían además, el apoyo de las baterías disparadas desde los barcos que, para el momento de la llegada de los soldados a Santo Domingo, retornaron a las costas de la capital.

Dominada la ciudad, Drake estableció las condiciones de su salida. Requería se le entregase, a la brevedad, un millón de ducados. Por supuesto, se rechazó la petición. Ni ésa ni suma parecida, solían ni cercanamente poseer el Tesoro Real o la población.

Drake ordenó a sus hombres un saqueo sistemático de sus posesiones. El cementerio contiguo a la Iglesia Catedral, fue abierto tumba por tumba. A las calaveras se le extraían los dientes de oro.

Los templos fueron incendiados. El Convento e Iglesia de Santa Clara fue derribado. Por eso, hoy día, se contemplan los contrafuertes en sus paredes externas. Lo mismo aconteció con Santa Bárbara.

Se comprendió que Drake no se detendría hasta destruir la ciudad. Con ese propósito se designó como negociador, a Francisco García Fernández de Torquemada, Factor del Rey.

Tras las discusiones de lugar, Drake bajó del millón a cien mil ducados. Pero aún esta suma fue desestimada. ¡Tanta era la miseria propia de la capital de la colonia!

Tal vez Drake lo comprendió y arregló con Torquemada la entrega de veinticinco mil ducados. Se tardaron varios días en reunir esos ducados. Pero al fin se le entregaron al pirata.

La madrugada del día 9 de febrero, finalmente, salían Drake y sus hombres de la ciudad.

EL DATO

Tras ocupar la capital de la colonia
Fue necesario pactar con ellos la entrega de veinticinco mil ducados penosamente reunidos, de un millón requeridos por los invasores