Los puntos débiles en la formación de los niños



Lo vemos todos los días. La sociedad dominicana está llena de ejemplos. Malas posibilidades de crianza resultan de las familias extenuadas por la pobreza, como de familias de bienes abundantes.
Aunque en ambos extremos surgen esperanzadoras y muchas excepciones, lo habitual es el surgimiento de pésimos resultados. En unos ramos familiares de miserioso desempeño, crecen criaturas de censurable comportamiento. Los mismos cuadros con individualidades grotescas, emergen de familias adineradas.

El abandono

Porque en la familia de escasísimos recursos, se abandona al hijo por necesidad. La madre tal vez, cumple el papel de madre y padre a la vez. Fue abandonada por aquél a quien se unió, por múltiples razones. Ambos se vincularon atados a una esperanza común nunca florecida. El padre no buscaba sino el simple ayuntamiento carnal.

La mujer, ávida de varón con el cual forjar hogar, resultó engañada. Pero quedó presa de la concepción. Quizá, para avivar aún más la descomposición social, procurará otro hombre. Y éste, como el anterior, la dejará tan pronto encuentre otro techo –u otro lecho-, más prometedor. ¿Los hijos? Crecerán solos, a veces cuidados por vecinos inescrupulosos o por parientes de dudosa moralidad.

El dantesco cuadro se repite en la cúspide de la estructura social. Por otras causas. Con diferentes perfiles. Aunque con iguales resultados.

Éstos permanecen unidos. Salen cada mañana, sin embargo. No en busca de un pan destinado a guardarse en las despensas, sino de la esperanza de riquezas. La acumulación de posesiones es trascendente y mucho más importante que el futuro familiar. ¿Los hijos? Bien, gracias, Al cuidado, quien sabe, si de aquella madre abandonada, residente en un tugurio de barrio marginal.

Por supuesto, ésta sueña con el bienestar de la casa en la cual percibe un salario apenas apropiado a cubrir precaria existencia. Si le toca en suerte a esa madre, hallar una casa de auténticos seguidores de Jesús, ¡benditos serán muchos de sus días!

Heredará vestidos –y utensilios caseros- no deseados por la mujer de fortuna holgada. A cada rato, además, recibirá algún alimento sobrante de la mesa de la familia pudiente. Quizá reciba en una u otra ocasión, una funda con alimentos crudos, enviados a sus hijos.

Ni un regalo ni otro, sin embargo, le permitirá dar una educación hogareña y formal adecuada a sus vástagos. Y éstos crecerán, víctimas más que resultado del entorno social. Por lamentable indisposición anímica, transmitirá a los muchachos bajo su cuidado, el dolor de su vida. Lo disfrazará, por supuesto, lo disfrazará entre sonrisas y cesiones de fingido afecto. El resultado sin embargo, será el reflejo de su frustración.

Por su parte, la madre de las criaturas afortunadas, se solaza en sus compromisos. Hoy tiene la reunión del consejo de la empresa de la cual es accionista. Ayer, ¿cuál era el asunto? ¡Ah, sí, lo recuerdo! Fue la visita a la empresa de la cual el marido es vicepresidente ejecutivo. El sábado, por, cierto, tiene el encuentro para recaudar sábanas para los damnificados de las tormentosas lluvias de mayo.

¿El resto del tiempo? Por supuesto, ¡la figura! Porque no creerá mi comadre y vecina que esto lo mantengo dejando caer mi esbelta figura.

Para la revisión de los trabajos escolares, contrató una profesora. ¡No puedo hacerlo todo! Además, cuando llego, tengo que descansar.

La madre menos afortunada no solamente no puede revisar cuadernos ni dar seguimiento al aprendizaje de la escuela. Menos aún contratar un tutor para cumplir este objetivo. El muchacho crece y crece como los espaguetes aquellos, al calor del cuerpo social.

En el seno de la escuela de la vida aprende a no aprender. A no inclinarse por los libros. A desdeñar las normas morales y cívicas, pues, total, ¿de qué sirven? A tratar de sustraerle la cartera al borracho adormilado en la barra de la esquina. Y por supuesto, a ignorar las leyes naturales relacionadas con el apareamiento.

Los muchachos situados más arriba en la escala social, ¡gracias a Dios! Aprenden a simular,
y aunque el azar se prende de muchos, cuidados por el Espíritu del Altísimo, otros, menos, pero no por ello no contabilizables en las escalas de la disociación de la comunidad, caen al vacío.

Tal vez, debido a acontecimientos de estos días, estamos llamados a repensar la sociedad. Todavía queda el resto de Abraham y aún puede el Profeta discutir con Dios aquello de la total aniquilación. Pero no debe postergarse demasiado el pedido de reflexión y el llamado a recuperarnos.