¡Maní, manicero! ¡Están calientitos!

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La ciudad es todo lo que tiene que ver con sus gentes, el paisaje, los ríos, montañas y valles. La mejor definición son sus lugares emblemáticos e históricos; otras sus calles, mercados, hospitales, cines, parques y cuanto más ligadas estén a una edad determinada, pero sobre todo a sus gentes en el diario vivir de sobrevivencia de acuerdo a la realidad económica, social y política. Recordamos lo que vivimos u observamos.

¿Cómo olvidar aquel señor, señora e hijos, incorporados a la sobrevivencia, porque hay que vivir por encima de todas las cosas y, vivir llamase en el peor o mejor de los casos, buscar qué comer para sí mismo o una familia que mantener? Es lo que se llama ahora trabajo informar. No hay manera de olvidar al panadero con su canasto, bien temprano o a prima tarde con la venta del pan de agua entre otras variedades. Al triciclero, con su triciclo lleno de productos fresco, frutas, ensaladas, etc. Al dulcero o dulcera, de guayaba, coco con leche, leche solo y jalao; al del conconete, al vendedor de maní; al del palito de coco con la azúcar negra quemada; al de cuerito de capas de cerdo, al de guineo maduro con dos racimos enganchados en un palo, en el hombro, metido en un saco, para que no se desgranen y decenas de vendedores para sobrevivir. A ellos se les iba la vida buscando el dinerito para darle qué comer a la familia.

El vendedor de cortao (con una caja, parecida a una paletera) borracho, con sabor a ron para darle mejor sabor (delicia del niño y del resacado), pudin de pan, entre otras delicias. La mujer mulata vendiendo longaniza, y en el caso del hombre, chicharrón. Sin contar al que amolaba cuchillo, tapaba jarros y calderos y el limpia hoyos. Eran las calles de la capital en igual o menor proporción que los pueblos y de diferentes productos o ventas, como solía llamársele.

En la casa, la venta de habichuelas con dulce, arroz con leche, helados, mabí, melcochas, helados en compotas, desde batata con coco, hielo, mabí. Comprar una nevera era para negociar. Frituras, yaniqueque sin carne de ninguna especie. No nos olvidemos del limpiabotas, el vendedor de periódicos, el ciego, el niño con polio, el loco, excepto el loco, el resto salía a “buscar algo” solo los sábados, contrario al presente que salen a las calles todos los días y hasta vienen del interior.

De todos, el que ha sobrevivido y se ha convertido en un “emprendedor” ha sido el de yaniqueque, el famoso Long pley de antes y ahora con una variadísima ofertas que van desde carne de pollo, res y mariscos más las siente carnes.

El vendedor de frutas; pues hasta hace poco la fruta no era comida, aunque no hay otra manera de comérsela que no sea con la boca. A ninguna fruta, sin excepción, se les consideraba comida. De que hemos cambiado no hay duda. Ahora las calles están repletas de vendedores de productos elaborados industrialmente más perros, gatos, peces.

Los haitianos, antes apenas se veían en la ciudad capital y ni decir en el interior, y a partir de los ochenta pululaban en las ventas de dulces y ropa (hoy en día son los reyes de las ventas de todo lo informal en las calles y ciudades del país). Hace unos meses por poco nos volvemos la mitad venezolanos, que vendían de todo. Décadas atrás, cientos, miles de dominicanos fueron a buscar “mejor vida” a Venezuela, Estados Unidos y hace un tiempo a Europa con la mitad de la vida vivida dejada en banda en el país. De que un país son sus emigrantes e inmigrantes, no hay duda alguna.

Los vendedores, emigrantes e inmigrantes, del país o playas adyacentes que llenaron la infancia del día a día de una sociedad en movimiento que, si no fuera esa una de las características del desarrollo de un pueblo, moverse, moverse y problemas y problemas, hasta dejar los sueños o un pedazo en las calles, en el diario vivir de salir a vender algo, si es de comer, mejor, porque lo que sobraba se podía consumir en la casa, que nunca caía mal.

Las ventas se hacían a pie, a pura chancleta, sudoroso, alegre, dejando que el tiempo se vaya alante. Cierro los ojos y aparece un niño o un joven, voceando: “¡Maní, manicero, calientito!”, cual artista del circo de las calles, en una lata de salsa mediana con una chiquita enganchada de dos alambres con carbón ardiendo, para que el maní no se enfrié entre docenas más de vendedores, son la memoria de un pueblo.
El autor es escritor.