Mi rey Alfredo



En otra época, éstos eran tiempos de infancia, y tierna adolescencia feliz. De tez oscura al igual que Melchor, pero con una pronunciada jeta, tenía un rey llamado Alfredo. El Día de Los Reyes Magos me colmaba de los juguetes más variados, y contemporáneos.

Aun en los días aciagos de aquel hogar monoparental, donde había una matrona que era padre y madre, Alfredo De León, mi hermano mayor y el único por vía materna, hacía denodados esfuerzos para que Fernandito, al igual que otros, pudiera jugar y divertirse como cualquier amiguito de la época.

Era un período en que aquél inquieto muchachito de pantalones zurcidos a modo de telaraña, se convertía en toda una figura; no había mofa alguna, y los amiguitos irrumpían en su humilde hogar.

Todos; hasta los más afortunados de las barriadas de Borojol y Villa Francisca, solían visitarlo y disfrutar de sus juegos.
Alfredito para sus familiares, y llamado Maquiquí por amigos y otros relacionados- todavía vive-, se sentía complacido. Se solazaba al contemplar esos alborozos. Mucha gente con expresiones de inconsciente racismo solía decir que era “un negrito de sangre liviana”.

Y, como preveo la aproximación de una potencial “cacería de brujas”, debo remarcar que mi Rey Alfredo es dominicano, nacido en la capital, y no tiene ascendencia haitiana.

En un tiempo vendió “Domingo y la Lista”; fue excelente pelotero amateur; es un diestro carpintero que combatió en la revuelta Constitucionalista del 65, y además, fue de los que construyó y reforzó las trincheras de Ciudad Nueva y la Zona Colonial.

Pasado el tiempo y ya de adulto comprendí que, si pudo obsequiarme con los más diversos juegos, era porque como hábil artesano elaboraba los anaqueles o estantes de venta de los comercios del área que expendían esos juegos. Es lógico que si tenía una mísera paga, se le compensara pagándole con los que no tenían salida. Aceptaba gustoso, sólo para complacer al príncipe. Su hermano menor: Fernandito.