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Nada humano me es ajeno

Nada humano me es ajeno

Imágenes de actividades realizadas para honrar al destacado periodista Orlando Martínez asesinado en gobierno de Joaquín Balaguer.

El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa, a través de su secretario general (filial San Juan) Alfredo del Valle, me ha invitado para compartir con estudiantes de la Escuela Superior de Formación Docente Salomé Ureña de Henríquez (Recinto Urania Montás), ideas sobre el legado periodístico de Orlando Martínez. No es la primera vez. Acepto y voy, gustoso.

El recordado periodista, cuya vida le fue brutalmente quitada el 17 de marzo del 1975, exhibió durante su trayectoria un aquilatado prestigio profesional, no sólo capaz de escribir bien y de cultivar varios géneros, sino, además, honrado. Todo un reto en aquel tiempo cuando cundía la represión y se perseguía el libre pensamiento y la libertad de información.

Aunque algunos creen que se nace así, la práctica enseña que la honradez es un mérito que se adquiere según los ejemplos familiares y de los entornos, y según la enseñanza recibida.

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Desde que se produjo el crimen, ejecutado por militares y civiles al servicio del sátrapa Joaquín Balaguer, las manifestaciones de solidaridad y exaltación de los méritos de este periodista que escribía y hablaba bien; que sobresalía por lo que escribía, y por como escribía, empezaron a manifestarse en toda la geografía dominicana.

Esas reacciones no se detendrían con el paso de los años, todavía se continúan expresando; la admiración y el respeto siguen manifestándose hoy, 49 años después, como si el crimen hubiera ocurrido ayer.

Así lo vio el también mártir de la época de la bestia, Edmundo Martínez, hermano menor de Orlando, asesinado por las mismas manos.

Edmundo, en una carta a Orlando, hecha pública a los cuatro meses del crimen, escribió: “En el municipio de El Llano, provincia Elías Piña, fue inaugurada una biblioteca, esfuerzo de un grupo de jóvenes de allí, también con su nombre”.

Y enumera Edmundo los diversos homenajes que les fueron rindiendo los periodistas, los jóvenes y los niños en las escuelas; se colgaron sus fotografías en las casas, se escribieron canciones, se nombraron clubes en su honor, se levantaron bustos, se construyó un museo, tarjas y plazas públicas y a una calle en San Juan les pusieron su nombre.

Las tres mayores plazas son las que están en el lugar donde lo asesinaron, en los terrenos de la Universidad Autónoma de Santo Domingo; el museo y plaza en San Juan, y una plaza, y un precioso busto, en Las Matas de Farfán, su pueblo natal.

Orlando sobresalió entre los periodistas de su generación, por haber cultivado en el trabajo y en la práctica social, un ejercicio vertical, ajeno al chantaje, y ajeno a la búsqueda de contratantes del trabajo intelectual para defender causas indefendibles, o para callar lo deleznable. Quiero decir que la conciencia de Orlando no tuvo precio; y ese fue uno de sus méritos.

Poseedor de una vasta cultura universal, no extraña que la imaginación de Orlando lo hiciera trasladarse a la antigua ciudad de Cartago, o bien a la Roma imperial, y que allí se encontrara con la obra literaria del esclavo Publio Terencio Afro, quien, al ser manumitido y educado, se convirtió en una celebridad del teatro de comedias, y en una de sus obras teatrales escribió la frase “Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, que traducida del latín significa: “Soy un hombre, nada humano me es ajeno”.

Auxiliándose del talento del comediante romano, asumió esta frase que fuera pronunciada originalmente por el personaje Cremes, en la obra “El enemigo de sí mismo”, y la convirtió en el proverbio que trazó el horizonte de su vida: Soy hombre, nada humano me es ajeno.

Este pensamiento lo pagó con su vida, pero demostró que un periodista no se compra ni se vende, que la soberanía de un país no se negocia, y que el daño causado a otro, a mí también me afecta.
El autor es poeta.