En este comienzo de año y mientras la discusión con mis amigos gira alrededor de si esta generación bullanguera y dada a los teteos podría emular o superar a la nuestra, aquella de los sesenta, que heredó las sobras del trujillismo y luego se diluyó entre poemas y avisos publicitarios; y yo, que la viví como un animal de circo, medité si nuestra generación, diluida y aplastada hasta el extremo de importar consignas como aquella cubana de «¡Patria o muerte, venceremos!», pudo haber sido tragada sin regurgitar por la historia.
Trujillo nos impuso su criterio de la dominicanidad y, debido a eso, fuimos hombres y mujeres que vivimos en su reinado bajo la sospecha de si, en verdad, pudimos depender de nosotros mismos, o de lo que maquinaron para despedazarnos y enterrarnos en esta isla maniquea, adentrada en el sueño límbico de la imitación. Sin embargo, sobrevivimos.
Y también, a pesar de todo, nuestros instintos no se quebraron, porque de alguna manera echamos mano al ADN heredado de esos ancestros, que soportaron a los monstruos que llegaron por el mar para embestirnos; ni cuando nos agredieron los coléricos piratas y las metrópolis nos vendieron al mejor postor; ni cuando los haitianos nos humillaron en el desamparo de 1822. Nuestros instintos, entonces, tampoco se doblaron cuando nos desfloraron en 1961 los saqueadores que acechaban y esperaban desde fuera y desde dentro, para alzarse con lo que dejó Trujillo. Fue ahí que en el fulgor del entusiasmo postrujillista, confundieron nuestro entusiasmo y convirtieron el triunfo de Juan Bosch en un escenario de conspiración.
Bosch fue, quizás, la más pura excepción del exilio; pero Bosch no supo mantener lo ganado y la esperanza de un renacimiento fue arrebatado por los fusiles. Entonces Manolo, la cara pura de los apegados a la historia, tomó la espada del ángel y la blandió como un calco de dulzura, cayendo de cara al sol con la concepción frustrada de un mundo en que la fantasía y la pasión pudieron regenerar el amor.
Manolo encarnó el atajo hacia la utopía de nuestra generación; un camino para encontrar el sendero que pudiera restablecer nuestra identidad. Pero Manolo se contempló en el espejo equivocado, en esa fantasía que brilla como una concreción de luz, como una ilusoria puerta hacia la gloria y que, al abrirla, aflora una verdad desnuda que golpea el rostro y refleja la muerte.
Con la desaparición de Manolo nuestra generación quedó huérfana y, tras el fracaso de un boschismo que se tornó trepador, sólo un cataclismo, un verdadero shock de híperamarguras, podría redimirnos de ser engullidos por lo que nos acecha a golpe de tambor.
Entonces, dejaríamos tan sólo un puñado de papeles para conformar una literatura de repetición, encadenada a tristes consignas escritas con el propósito inútil, vacío, de gritar una defensa acogotada por memorias gastadas. Pero no puede dudarse que entre la niebla que nos cubre podría surgir -como un volcán incontenible- una nueva generación cargada de truenos y esperanza.

