Cuando nací, hace ya muchos años, era raro encontrar un homosexual o una lesbiana en el barrio. De ese tema no se hablaba. No era necesario. Supe de su existencia –muy reducida- cuando prácticamente era un adolescente, pero sin causarme ninguna importancia. Siguió siendo así hasta que me convertí en padre de siete hijos; cuatro varones y tres hembras. En mi familia no se habló de “preferencia sexual” nunca. Entre mis hijos, tampoco. Dejé que su sexualidad fluyera libremente.
He creído –y lo sigo creyendo- que la naturaleza es sabia al concebir la procreación entre una hembra y un macho, que unidos en un gozo extraordinario permite la continuidad de la raza humana durante millones de años con sentimientos y actitudes tan grandes como el amor, el placer, la solidaridad y el trabajo que genera riqueza y progresos científicos que prolongan la vida.
Como les dije, era “raro” ver o conocer a un homosexual, hombre o mujer; ahora es una “moda” que se estimula y promueve en los medios de comunicación como prueba de tolerancia, libertad y apertura democrática. Estoy desfasado, lo sé. Soy un hombre anticuado. Antes era “raro”, ahora es una “moda”. Espero haber muerto cuando sea una “ley”.
En lo que llega seguiré deseando amanecer desnudo abrazado cálidamente a una mujer, que a un hombre. (Perdónenme, las arrugas y las canas no mienten, sigo creyendo igual que Mario Benedetti, que “una mujer desnuda y en lo oscuro/ es una vocación para las manos/para los labios es casi un destino/y para el corazón un despilfarro/una mujer desnuda es un enigma/y siempre es una fiesta descifrarlo”.
Que se entienda, no tengo prejuicios, cada quien es dueño de sí mismo, tiene derecho a hacer con su cuerpo y con su vida lo que desee siempre y cuando no perjudique o dañe a los demás.
La homosexualidad ha existido siempre. En determinadas etapas históricas ha sido perseguida y castigada, lo mismo que las creencias religiosas y políticas. Por fortuna esas épocas han sido en gran medida superadas.
Aprendí a respetar, admirar y valorar a las personas, no por su color de piel, religión, ideología, partidos o “preferencia sexual”, sino por su condición humana, porque al final –siempre lo digo- es lo que importa. Si usted se siente orgulloso de su homosexualidad, yo me siento orgulloso y gozoso de mi heterosexualidad; es decir, de que me gusten las mujeres, no los hombres, porque “una mujer desnuda y en lo oscuro/genera una luz propia y nos enciende/el cielo raso se convierte en cielo/y es una gloria no ser inocente”.
Convertirme en padre, algo que no puede hacer un homosexual o una lesbiana, fue una satisfacción indescriptible que me hizo más hombre, más humano y más consecuente con la madre naturaleza.

