No hay que dar muchos rodeos para equiparar con una sensible estocada al ego del presidente Donald Trump, al margen de que restaura el orden institucional, la sentencia del Tribunal Supremo que anula la mayoría de los aranceles que ha impuesto a socios comerciales de su país.
La decisión fue adoptada por jueces conservadores en una votación 6-3, lo que despeja cualquier sospecha de que en el fallo prevaleciera el interés político.
Con sus aranceles a diestra y siniestra el mandatario ha puesto el mundo patas arriba. Los impuestos a las importaciones, que decide según su muy particular criterio, se han convertido en su arma favorita desde que retornó al poder.
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