La visita a China de Donald Trump, después de la paliza que le propinaron Irán y el eje palestino al Pentágono y a Israel, lo condenó a pasar vergüenza.
En el momento en que una potencia militar mediana, como Irán, le propina tal revés a la potencia militar más poderosa del Golfo Pérsico y a la primera del planeta y países subordinados … La alianza de China, Rusia e Irán sustituye con creces la supremacía de EEUU; al mismo tiempo, EEUU, muy desvencijado, es colocado por debajo de China.
El derrumbe amenaza ahora a esa maltrecha superpotencia criminal: el viejo coloso, jefe del imperialismo occidental, está de capa caída, aunque no lo confiese.
Otra cosa sería si el Pentágono hubiera logrado destruir el stock militar de Irán y apoderarse de su inmenso territorio, su uranio y el Estrecho de Ormuz.
Sucumbe de esa manera la destartalada unipolaridad bajo el mando de EEUU y se afirma paralelamente en la India el proyecto de un orden mundial multipolar; todavía por definir su institucionalidad, pero con fuerte gravitación del BRIC y el Sur Global.
No se trata del fin del capitalismo y el triunfo del socialismo a escala global, pero si de un reordenamiento mundial que le abre posibilidades –antes extremadamente obstruidas- a la autodeterminación, al antiimperialismo, al anticapitalismo y a la siembra de socialismo.
En verdad Irán y la resistencia palestina derrotaron la reciente contraofensiva militar de EEUU e Israel, destinada a recuperar su diezmada hegemonía global absoluta.
Ese fue el puntillazo a esa pretensión, después de derrotar anteriores despropósitos y luego de que, el imperialismo occidental en general y la Administración Trump más recientemente, perdieran casi todas las peleas provocadas, salvo temporalmente la de Venezuela.
Trump llegó a Beijing con rostro de derrota y debilidad.
No lo recibió Jinping en el aeropuerto y lo hizo esperar en la sede del gobierno.
Más que evidentes los mensajes corporales fríos del líder chino frente a los intentos de Trump por agradarle, hasta el punto que éste no se atrevió a halarlo, como le ha hecho prepotentemente con otros mandatarios: se limitó a darle una palmadita cariñosa en la mano.
Las palabras iniciales de ambos presidentes fueron elocuentes: Jinping se limitó, sobriamente, a ponderar los beneficios de la cooperación entre los dos Estado y los perjuicios de la confrontación, mientras Trump sustituyó el discurso hostil por uno extremadamente alabardero.

