Victoria militar del ejército criollo motivó el culto a la Virgen de la Altagracia



Desde principios del siglo XVII, países de Europa decidieron repartirse las colonias de ultramar de España. Las Antillas, Mayores y Menores, fueron parte de ese objetivo de Inglaterra, Francia y Holanda, ésta última ya emancipada de España.

Sobre La Española, la conquista se inició por el Oeste abandonado. Llamaba la atención, sobre todo, la isla de la Tortuga, inmediatamente al Noroeste del lugar más vigilado de los residentes de la colonia de Santo Domingo.

La falta de naves marinas –medio indispensable para marchar sobre la Tortuga-, la convertía en sitio adecuado para las intentonas de ocupar desde ella, la tierra firme de la isla adyacente o sea, de Santo Domingo.

A lo largo de ese siglo, las luchas entre bucaneros y filibusteros -como avanzadas de gobiernos europeos-, y criollos de Santo Domingo, fueron continuas.

En tres ocasiones los españoles y criollos sacaron a los ocupantes de la Tortuga y, a mediados del año de 1690, los franceses decidieron dar “una lección” a la colonia española.

Penetraron desde el 17 de junio de ese año hacia el Este por caminos del Noroeste y vencieron los grupos armados criollos que los enfrentaron en la ruta. Al llegar a Santiago de los Caballeros, quemaron las edificaciones y pasaron a cuchillo a todos los ancianos, y a todos los hombres, mujeres y niños.

El orgullo de los criollos de Santo Domingo se resintió por esa conducta cruel e inhumana. Se inició desde la capital de la colonia, la ciudad de Santo Domingo, un período de preparación de una venganza. Se logró apoyo de la Corona, en España, que ordenó el traslado desde México, de 2,600 lanceros, de a caballo, para respaldar a los criollos de Santo Domingo.

La capitanía y gobernación general, además, procuró enlistar a todos los hombres capaces de enfrentar a los invasores. Entre los cooptados, estuvo gente de Santa Cruz del Seybo y Salvaleón de Higüey.
Hacia la época, sin duda eran devotos de la Virgen María bajo una advocación ya influyente en la región, en el país y entre creyentes de tierras insulares vecinas y del continente.

Hacia los primeros años del 1691, el ejército de tal modo concebido, estaba listo para entrar en acción. Se puso al mando del antiguo Capitán General y Gobernador de la Colonia, Don Francisco Segura de Sandoval, quien al cesar en esas elevadas funciones se quedó a vivir en la isla.

Se marchó sobre la parte Oeste de la isla por mar y tierra y el 21 de enero de 1691 se encontraba este ejército, dividido en tres columnas.

Dos marchaban por tierra y una tercera asediaba desde el mar por naves al mando de Don Ignacio Pérez Caro, Almirante llegado desde México.

En la madrugada de ese día se iniciaron las hostilidades y a media mañana no se decidía el triunfo. Pero un Capitán de Milicias, Don Antonio Miniel, reservó una fuerza de macheteros de 300 hombres escondidos en un pajonal.

En un instante de la lucha cargó contra los franceses y sus aliados, dejando muertos a más de 500 hombres en el campo de batalla. La acción, con este ataque, se decidió por las armas de los criollos de Santo Domingo.

En el campo de las acciones bélicas quedaron los cadáveres del Estado Mayor francés, incluyendo el Gobernador del territorio ocupado por éstos y casi todos sus comandantes.

Sobrevivió, porque no se hallaba presente en la lucha, Le Clerc de la Boulaye, quien intentó reagrupar las fuerzas vencidas.

Dos razones, sin embargo, se lo impidieron. Por un lado, no pudo reunir la cantidad de hombres necesarios para atacar a los criollos del Este; y por otro lado, Francia le negó el permiso para llevar a cabo otro ataque.

Esta batalla, la de la Sabana Real o de la Limonade, se saldó con el incendio de las poblaciones formadas por los franceses en el Norte y el paso a cuchillo de todos los hombres aptos para engrosar un ejército.
Únicamente se salvaron los ancianos, las mujeres y los niños.

Leyenda o verdad histórica, siempre se ha dicho que las huestes del levante de la isla invocaron a María de la Altagracia para que los protegiese.

Un detalle que confirma esta versión es que el Arzobispado de Santo Domingo instituyó la fiesta altagraciana para el 21 de enero, a partir del año 1692.

Hasta esa fecha, se le rendía culto los días 15 de agosto.