Voces y ecos

Abinader y Espaillat

Abinader y Espaillat

Rafael Peralta Romero

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El miércoles 29 se cumplió el 150 aniversario del Gobierno Ulises Francisco Espaillat. La Presidencia de la República lo conmemora con diversos actos.

Uno de ellos fue la condecoración póstuma del límpido gobernante, ocasión en la que el presidente Luis Abinader pronunció un brillante discurso sobre el sentido ético en la política. Lo que sigue es parte del discurso:

Nos reúne hoy una fecha que trasciende el calendario y se instala en la conciencia de la República. Este 29 de abril, Día de la Ética, conmemoramos también el 150º aniversario del gobierno de Ulises Francisco Espaillat, y lo hacemos no solo para recordar su paso por la historia, sino para preguntarnos, con honestidad, qué nos exige hoy su ejemplo.

Porque la ética —y esto conviene decirlo con claridad— no es una palabra cómoda. La ética incomoda, interpela, exige. La ética no se proclama: se practica. Y, sobre todo, se demuestra cuando más difícil resulta sostenerla.

Espaillat comprendió esa verdad en toda su profundidad. En una de sus reflexiones más conocidas, dejó escrito que “el poder es una carga que solo puede llevarse con dignidad cuando se ejerce en beneficio de todos”. Y esa no fue para él una idea abstracta, sino una norma de conducta.

Gobernó en tiempos de inestabilidad, de tensiones políticas, de intereses cruzados. Y, sin embargo, eligió un camino que no era el más fácil: el de la integridad.

Rechazó el uso del poder para fines personales, defendió la austeridad en el ejercicio de la función pública y sostuvo, incluso en medio de la presión, que el Estado debía ser administrado con pulcritud y respeto a la ley.

Se cuenta —y la historia lo recoge— que durante su mandato insistía en que los recursos públicos debían ser tratados como sagrados, porque pertenecían al pueblo. Que no había espacio para el privilegio, ni para la arbitrariedad, ni para la corrupción.

Que gobernar era, ante todo, un acto de responsabilidad moral y un ejercicio siempre de servir al interés general.

Y quizás su gesto más elocuente, el que mejor define su carácter, fue su renuncia al poder cuando entendió que no existían las condiciones para gobernar con los principios que consideraba irrenunciables. Pudo aferrarse al cargo. No lo hizo. Pudo ceder para mantenerse. No cedió.

Prefirió dejar el poder antes que traicionar sus convicciones.

Ese acto, más que cualquier decreto o reforma, lo consagró como un referente ético de la nación. Nos enseñó, que nuestro ejemplo puede ser el arma más transformadora que tenemos.