Será siempre alentador cada vez que Estados Unidos diga que no se ha olvidado de Haití, país con el que dice tener un compromiso. Pero frente a la violencia de las pandillas, el progresivo deterioro institucional y la devastadora crisis alimentaria la solidaridad de Washington con el vecino país parece imperceptible. Como si se tratara de un mero gesto diplomático ha hablado mucho más de lo que ha hecho.
Aunque el Gobierno ha reclamado más ayuda, que la realidad amerita, Washington no ha sido lo suficientemente solidario con un país que subsiste a duras penas.
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El canciller Marco Rubio debe entender que para restaurar la seguridad y la gobernabilidad en Haití no es suficiente con sancionar a los sectores que apoyan a las pandillas que hoy controlan gran parte del territorio.
Si las sanciones han surtido algún efecto, la verdad es que no se ha visto. Por la violencia, la inseguridad y la pobreza ahora mismo no existe garantía para unas elecciones ni siquiera mínimamente representativas. Lo saben todos los que quieren saberlo. Con un poco más de interés de Estados Unidos hace tiempo que los grupos sediciosos formaran parte del pasado.

