Desde hace décadas, Haití viene atacando a la República Dominicana desde diversos flancos, iniciando con su invasión pacífica de ilegales, asentados en favelas o en barrios donde predomina su arraigo por encima de nuestros nacionales, imponiendo costumbres y tradiciones extrañas a las raíces de la identidad de los habitantes de esta parte occidental de la isla.
Las agresiones son interminables, pues abarcan emboscadas a tropas militares que han dejado saldo de oficiales y alistados muertos, y concluyen con la criminal deforestación de las cuencas hidrográficas y el corte indiscriminado de árboles para hacer carbón o extraer sustancias que se utilizan como materia prima para hacer fragancias perfumadas con fines de exportación.
En la élite haitiana y en los grupos de pandilleros, está internalizado el criterio de que parte de nuestro territorio, a partir de la provincia de Azua le pertenece, y las agresiones y ultrajes contra los símbolos patrios es constantes en la región Sur, mientras los gobiernos de turno no afrontan el problema con la entereza y la seriedad que ameritan la gravedad de esos hechos, adoptando una permisividad imperdonable y reprochable, en tanto hay muchos dominicanos atentos y en guardia frente a esos acontecimientos.
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Los más recientes ataques fueron perpetrados en Jimaní, en zona de Malpase, donde los haitianos desafiaron a las autoridades militares y arriaron la bandera dominicana izada en nuestro territorio, alegando que la enseña tricolor ondeaba en un espacio haitiano.
Y luego de cometer ese atentado contra la enseña nacional, lanzaron piedras y todas clases de objetos contra las tropas militares, obligando a los soldados a realizar disparos al aire a fin de evitar males mayores que podrían haber desembocado en una tragedia.
El presidente haitiano, Jovenel Moise, lamentó el incidente, prometiendo una investigación que no tendrá ningún resultado, dado que allí el Estado colapsó y esa nación está bajo las directrices de pandillas bien organizadas, lo que ha motivado una gran preocupación de las Naciones Unidas, institución que no encuentra la forma de llevar el orden a una manada de habitantes proclives a la violencia desenfrenada.
Esa acción de los haitianos de bajar la bandera dominicana, invocando supuestos derechos territoriales no puede permitirse, toda vez que seguirán alimentando sentimientos hostiles contra la Patria, por lo que se impone la necesidad de sanciones ejemplares que impidan que los haitianos ocupen parte del terruño criollo.
Por: Hugo A. Ysalguez
dr.hugoysalguez@hotmail.com

