Zoom turístico
Es un pecado geográfico que, teniendo a escasos 30 kilómetros de la capital una de las piscinas naturales más impresionantes del mundo, hayamos permitido que el caos la reclame como suya.
Boca Chica no es solo una playa, es un patrimonio afectivo y turístico de la República Dominicana que hoy grita por una intervención profunda y definitiva del Ministerio de Turismo.
No es una exageración decir que Boca Chica tiene el potencial para estar y ha estado en los rankings de las 10 mejores playas del mundo. Su geografía es privilegiada: aguas cristalinas que apenas alcanzan la cintura, una barrera coralina natural que garantiza una seguridad inigualable para los bañistas y una arena blanca que ya quisieran otros destinos internacionales.
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A esto se suma su mayor ventaja competitiva: la cercanía estratégica con Santo Domingo. Es la válvula de escape de una metrópolis de millones de personas y la primera impresión para el turista que aterriza en el Aeropuerto de las Américas.
La cruda realidad es que Boca Chica está arrabalizada. Sin embargo, la experiencia actual de visitar Boca Chica es, en muchos casos, una carrera de obstáculos.
La arrabalización se ha apoderado de sus accesos y sus arenas. El visitante es asediado desde que apaga el motor del vehículo. El exceso de mesas, sillas y tarantines improvisados impide el libre tránsito y despoja a la playa de su belleza natural.
La contaminación visual y sónica es un desorden que espanta al turismo de alto valor y degrada la calidad de vida de los residentes.
Mención aparte merece La Matica, un islote, que debería ser un centro de atracción ecoturística de primer nivel, un refugio de aves y un punto de observación natural que languidece como un destino subutilizado y maltratado por la falta de gestión ambiental y turística.
El rescate de Boca Chica no puede ser un paño con pasta. Se requiere de la voluntad política del Ministerio de Turismo (MITUR) para ejecutar un plan maestro que incluya el reordenamiento territorial, delimitar áreas comerciales y devolverle la arena al bañista.
También se requiere de un cuerpo especializado que garantice el orden sin que el turista se sienta hostigado. Debe hacerse un compromiso real con la limpieza de sus aguas y la protección de su ecosistema.
Históricamente, Boca Chica no era solo una playa; era el símbolo máximo del romance y el prestigio social en el país. Durante décadas, consolidó su reputación como el «Santuario de las Lunas de Miel», siendo el destino predilecto para los recién casados que buscaban sellar su unión frente a sus aguas cristalinas y poco profundas.
Cruzar el umbral de sus hoteles emblemáticos representaba el inicio de una nueva vida, convirtiendo a este rincón del Caribe en el escenario de los recuerdos más preciados para varias generaciones de matrimonios dominicanos.
Para la mujer dominicana de aquella época, visitar Boca Chica después del «sí, acepto» constituía una aspiración fundamental y un hito de distinción. La expectativa de pasear por sus arenas blancas bajo el sol radiante formaba parte integral del imaginario nupcial, siendo un sueño cultivado desde la juventud.
Boca Chica es la cara de la capital ante el mundo. No podemos seguir dándonos el lujo de tener «la mejor playa del país» sumida en el descuido. Recuperarla no es un gasto, es la inversión más lógica y necesaria para el turismo interno y receptivo.
Es hora de devolverle su brillo; es hora de que Boca Chica vuelva a ser el orgullo dominicano que el mundo merece conocer.

