Ciclones David y Federico atormentaron con lluvias y vientos furiosos a RD



Por estos días se cumplen cuarenta años del paso, uno seguido del otro, de dos huracanes cuyos daños afectaron material y emocionalmente a los pueblos de la República Dominicana, Cuba, Puerto Rico y durante el inicio del recorrido, a las Antillas Menores.

Probablemente no existían precedentes en cuanto a la brevedad del paso entre dos devastadores fenómenos naturales como éstos; y sin embargo, veintiocho años más tarde pasaron aunque con mayor tiempo entre una y otra, las tormentas Olga y Noel.

La tormenta Olga degeneró en una simple tormenta tropical con vientos menores a los 85 kilómetros por hora. En cambio, Noel se mantuvo como un ciclón de categoría 1. Ambas dejaron a su paso copiosas precipitaciones pluviales.

La historia de David y Federico, en cambio, es diferente.

David, un poderoso huracán de categoría 5, cruzó la isla en forma longitudinal. Los vientos periféricos afectaron las zonas en las cuales soplaron, con fuerzas de la categoría 2.

Apenas se iniciaba la evaluación de los cuantiosos daños sufridos, pasó Federico. Este último, según registros de la época, tuvo categoría 1, es decir, vientos entre 90 a 135 kilómetros por hora. Pero como todavía el país no se reponía del paso de David, aún tales vientos de fuerza menor, nos afectaron no sólo materialmente, sino también emocionalmente.

Mucha gente se preguntó por qué estos dos ciclones nos azotaban uno seguido del otro.
David comenzó en el océano Atlántico, a la altura del Norte de las Malvinas, en la semana final del mes de agosto de 1979. Desde el instante de surgir, los meteorólogos presagiaron un huracán de muchas lluvias y fortísimos vientos.

Ni la Oficina Nacional de Meteorología ni los reportes de los entonces nacientes servicios de televisión por cable, en su canal del estado del tiempo, nos prepararon para el inmediato paso de Federico.

El anuncio del azote de la isla de Santo Domingo fue constante. A diferencia de otros ciclones, incluyendo el Dorián de estos días, cuya variación en el curso de traslación los hace alejarse de tierra dominicana, David mantuvo un curso de traslación más o menos inalterable.

Sus vientos concéntricos se incrementaron desde el momento de asolar las Antillas Menores, en el arco levantino del archipiélago. Al cruzar sobre República Dominicana, el 31 de agosto, registraba vientos entre 180 a 185 kilómetros por hora. Las precipitaciones pluviales, sin embargo, precedieron y siguieron a los vientos.

Por esa fuerza concéntrica periférica al ojo, los expertos le asignaron categoría 5.

Las pérdidas en vidas humanas se calcularon en alrededor de dos mil personas en República Dominicana. En viviendas, obras viales, cosechas agrícolas en etapa de crecimiento o vendimia, crianzas de ganado mayor o menor, se calcularon pérdidas por mil quinientos millones de dólares.

En ese año el peso mantenía una paridad flotante frente al dólar. Se iniciaba entonces un proceso de devaluación que no ha cesado desde entonces.

La capital contempló la tumba de árboles centenarios e inundaciones y riadas que arrastraron miles de endebles casuchas.

Yo vivía por entonces en la urbanización Paraíso y pude contemplar la inundación del área baja de la calle Jacinto Mañón en la intersección con la Winston Churchill. Personas menesterosas habían construido tugurios en esas tierras cenagosas desde un año antes y sufrieron pérdidas humanas y materiales con esas inundaciones.

Las avenidas César Nicolás Penson, Bolívar, Independencia, los Próceres y otras de la capital, sufrieron la interrupción del tránsito vehicular debido a la caída de frondosos árboles que obstruyeron las vías.
Se permaneció en casi todas partes, sin agua ni energía eléctrica por más de una quincena. En algunos casos debido a la caída de las líneas de transmisión. Los acueductos sufrieron daños en sus sistemas de captación del líquido o en sus plantas purificadoras.

No bien se recuperaba el país de todos esos daños, cuando nos azotó Federico, el 6 de septiembre.