Editorial: Nada de eso

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Tras los últimos acontecimientos, la crisis política y económica que desde hace un buen tiempo golpea a Venezuela se ha tornado más crítica. No es ninguna campaña de Estados Unidos y sus aliados en la región que el presidente Nicolás Maduro gobierna como un dictador, sin respetar las más elementales normas del sistema democrático.

Son elocuentes las muestras de que bajo su gestión se han cerrado y hostigado medios de comunicación, amañado elecciones y encarcelado y desterrado líderes opositores. Como expresión de la dramática situación, cientos de miles de sus compatriotas han tenido que emigrar al exterior para subsistir en las peores condiciones.

Pero ante la usurpación del poder y los males a su propia gente provocados por el gobierno de Maduro, amenazas como las del presidente estadounidense Donald Trump para restaurar el orden democrático, es difícil que algún Estado aliado a Washington refrende una eventual opción militar para desalojar del poder al mandatario venezolano y propiciar la instalación de un régimen que garantice los derechos humanos y respete las libertades públicas.

No propiamente por el respaldo de Rusia y China, pero la realidad es que con Maduro se tiene que negociar. Naciones Unidas, la Unión Europea y hasta países de la región como México pueden conformar una comisión para buscar una salida pacífica a una crisis que tiene que solucionarse, pero por las buenas. Si solo durante las protestas de estos días han muerto al menos 29 personas hay que imaginarse lo que significaría una guerra civil: un copioso baño de sangre.

Maduro, con su discurso inflado, ha demostrado que no siente ningún respeto por su pueblo y que solo le interesa conservar el poder. Sin embargo cuenta con el respaldo de un segmento importante de la población, además del aparato militar, que no se puede desdeñar.

Frente al tenebroso cuadro que plantea la crisis no hay más alternativa que la diplomática, con todo y que Trump advierta que “todas las opciones están sobre la mesa”.

El reconocimiento de Juan Guaidó como presidente legítimo de Venezuela ha sido precipitado. Y se trata de una decisión que no deja de generar confusión porque es más que sabido que ese reconocimiento sólo contribuye a agravar más la crisis. Maduro está más acorralado que nunca, tal vez dando los últimos aletazos de la fiera herida por las presiones internas y externas, pero en modo alguno se le pueden dar motivos, como lo es la amenaza con intervenir en la nación por Estados Unidos, para reacciones violentas.