En un viaje a Rusia visité la Plaza Roja ubicada en el centro de Moscú. En el recorrido por ese lugar emblemático entré al Museo Estatal de Historia, en donde se exhiben muchas de las indumentarias de la dinastía Románov que gobernó ese país por varios siglos.
La mayoría de los adornos de esas vestimentas estaban enchapadas en oro, y se dice que cuando los bolcheviques irrumpieron en el Palacio de Invierno en 1917, no le permitieron a la enardecida multitud disponer de las riquezas allí encontradas.
Muy diferente es nuestro país, en donde el Estado funciona como un botín de guerra para asaltar y repartirse todo lo que se encuentre en medio. En un simple cambio de gobierno se aplica “tierra arrasada”, defenestrando y vilipendiando a la empleomanía de turno, siendo el próximo paso negárseles sus prestaciones.
Si la cancelación resulta traumática, más patético y deleznable resulta buscar subterfugios legales para negarle lo que por ley le corresponde al servidor o servidora público, como le dijo fuera de record un gerifalte presupuestario a un amanuense al servicio de esta administración.
Para los gobiernos las leyes del servicio público son simples compendios que se utilizan como soflama en trampantojo de incautos. Es por eso que mucha gente servidora en puestos del gobierno tenga como credo la pragmática sentencia que reza que, “El Estado ni agradece ni guarda rencor”.
Que una dama llegue al extremo de desnudarse frente al Palacio Nacional como protesta para cobrar sus justas prestaciones, como ocurrió el Día Internacional de la Mujer, me lleva a la distópica convicción que describió el poeta chileno Nicanor Parra cuando dice: ”Creemos ser país y la verdad es que somos apenas paisaje”. l

