El pintor, dibujante, muralista y educador dominicano Roberto Flores se fue y se quedó. Físicamente descansa, más sigue vivo con su arte sacro, sus frescos, sus obras llenas de ángeles, de música y desnudez. A veces, lo veremos a través de sus caballos gigantes, de rostros expresivos y de todo el simbolismo, la espiritualidad y la cotidianidad que caracteriza su creación.
Con su partida, el maestro Flores descansa ya de las incomprensiones de quienes no toleran el esmero en la calidad creativa, de quienes por ignorancia confunde vaselina con gasolina y no valoran la diversidad y la amplitud de un artista a carta cabal. Descansa Flores del dolor que le produjo que una comunidad católica borrara el mural que hizo en la iglesia de Jarabacoa porque él, como Miguel Angel y otros grandes artistas, pintó ángeles creativos, sin prejuicios ni patrones impuestos.
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Roberto Flores queda vivo a través de sus cátedras en universidades y escuelas de arte y a través de charlas y otras formaciones sobre el fresco, técnica de la que fue por mucho tiempo único exponente en República Dominicana.
Flores
La viveza de Flores puede verse en diversos espacios públicos y privados, en los que con su arte transformó muros, techos y caballetes. Vale destacar la presencia de su creación en la exposición permanente de la Cámara de Diputados, en la Catedral de Baní, en el Bar del Teatro Nacional y entre otros, en el Museo de la Resistencia, donde se exhibe un mural que realizó junto a José Ramírez Conde. Quien aún cree que Roberto Flores murió, puede hacer un tour y detenerse en su arte para escuchar, ver y sentir los mensajes y la belleza de este inmortal artista.

