Asistimos el jueves pasado a la puesta en circulación en la UASD del poemario “Memorias de mi casa y el sur” de la autoría de Ernesto Van Troy. Un acto cargado de energía positiva, alta presencia y mucha calidad.
Un acontecimiento literario de profundo contenido político y social, que merece valorarse en su justa dimensión; entre otros factores, por la estrecha relación de su espléndido contenido con los debates sobre el ser social dominicano, su componente afrodescendiente y la verdadera dominicanidad.
Esta obra es inseparable de su autor y sus ancestros; inseparable, por tanto, de su “Casa del Sur”, reconstruida mediante un relato hermosamente versificado.
Cuando conocí a Ernesto, hace unos años, en nuestras andanzas revolucionarias, me vino a la memoria el conmovedor fusilamiento de Guyen Van Troy por un pelotón criminal escogido por el alto mando de las tropas yanqui que invadieron Viet Nam, justamente cuando 42 mil hijos postizos de sus malditos padrinos imperialistas desembarcaron en tierra quisqueyana para bloquear la gesta revolucionaria más importante de nuestro siglo XX.
Ese impactante episodio vietnamita fue relatado en el libro “Ser como él”, forjador de subjetividad revolucionaria en las nuevas generaciones de aquellos tiempos heroicos.
Tal recuerdo me llegó como un relámpago y pensé, con cierta alegría, que Ernesto traía consigo, y sin degradaciones, la marca de una familia con antecedentes de pura cepa patriótica revolucionaria, con la impronta martiana de que “¡Patria es humanidad!”.
Más tarde, aprecié al Ernesto que, no solo nos recordaba a Guyen y al Che, sino además un Ernesto con firmes compromisos con la causa común, con un gran amor por la buena poesía, y con sus declamaciones vibrantes y subversivas.
Conocí su pasión por enseñar y su condición de “hombre del Sur”, de los bateyes, la caña, la bayahonda… procedente del “polvo, la fatiga… del “hambre de pan”, pero sobre todo de “hambre de horizontes”.
En ese batallar nos unimos más en torno a un sueño difícil y duro de alcanzar, pero sin dudas realizable: la utopía comunista capaz de saciar el “hambre de horizontes”: ese sueño que en la marcha hacia él permite avanzar, avanzar, avanzar…haciendo historia, superando prehistorias.
Pero fue al leer y releer “Memorias de mi casa del sur” que pude captar su extraordinaria prosa poética y su densa humanidad surgida de variadas cepas criollas, importadas y “criollizadas”, y de los impresionantes ambientes y las valiosas enseñanzas que alimentaron intensamente su ser del Sur quisqueyano, comprometido con una revolución social, con jazmines, carnavales, cañaverales, tambores y aguas cristalinas.

