Pedro P. Yermenos Forastieri
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Renovarse, es una de las acciones de mayor dificultad para ser asumida, tanto por personas como por instituciones. El asunto se complejiza porque se trata de una necesidad que surge de manera cotidiana. Esto así, porque la vida es un constante proceso de cambios. Nada en este preciso momento es exactamente igual a como era apenas segundos atrás.
En tal sentido, quien no esté atento a imperiosos llamados a sacudirse para echar atrás hábitos y costumbres que dejaron de funcionar, cada día estará a mayor distancia en la conexión imprescindible con la realidad. Eso, le someterá a un progresivo estado de soledad, con pérdida incontenible de apoyo y de la base de sustentación que pudo haber tenido en un pasado que jamás volverá.
La sociedad dominicana no escapa a esa dialéctica de transformación sistemática. En ocasiones puede ser imperceptible y crearse la apariencia de que continuamos estancados en idénticas características del ayer. Craso error. Nada se detiene, y hoy constituimos un conglomerado distinto en casi todos los aspectos. De ahí que, quienes aspiren a tener y preservar niveles de influencias en el ámbito que sea, están compelidos a hacer lecturas correctas del termómetro social o prepararse para no alcanzarlos o perderlos de forma irremisible de haberlos tenido.
Se dispone de ejemplos recientes y remotos de organizaciones que, en su oportunidad, fueron fenómenos de penetración social casi frenéticos, lo cual, las catapultó a la cúspide del poder político ejercido bajo la falsa premisa de que hiciesen lo que hiciesen, tenían asegurada de forma irreversible la estima pública. El tiempo en que lo lograron, parecía darles la razón. Pero las consecuencias, cuando de esa manera se procede, pueden tardar en producirse, pero más tarde o más temprano ocurren.
Consumada la sorpresa de verse despojados de espaldarazos que lucían incondicionales, advienen lamentaciones y el descubrimiento súbito de causales que solo estaban ocultas para enceguecidos detentadores del control estatal que, borrachos de soberbia, llegaron a creerse que el festín no tendría final. Pero se terminó.
Penoso es constatar que, llegadas las oportunidades de retomar caminos perdidos, se obstinan en reiterar errores que, precisamente, están en el centro del repudio del que fueron objeto. Es evidente que no han asimilado la lección y que, continúan sin comprender los nuevos códigos de una ciudadanía que cambió para siempre y que no está dispuesta a suscribir más cheques en blanco para que inmerecidos beneficiarios coloquen estrambóticas sumas.

