Espíritu de Navidad



Debido a la temporada y al sentimiento religioso las navidades nos llaman a recogimiento, tomando en cuenta que siempre la pensamos en pasado. Como si el pasado de cada quien durmieran las que merecen ser valoradas. El recogimiento nos envilece, nos aboba cuando no estamos acostumbrados a ello, de ahí que para una mayoría el recogimiento sea, a falta de cuartos, buscársela para irse a cumbanchar.
El hecho de que se la cargue con uno que otros planes, hace de ella y al entorno de cierto candor salpicado de religiosidad y solidaridad humana.

Queremos que todo esté bello a nuestro alrededor, que es una forma de motivar a la esperanza y a la felicidad que entre a nuestras vidas.

El friito nos engorda la esperanza más un político cualquiera bien comido, revestido de una religiosidad “rara” nos enuncie su programa de felicidad para todo el mundo, serio, en solemnidad. Si lo hiciera riendo fuera más creíble.

Previo a estas navidades me dejé caer por un barrio de la parte alta, que puede ser cualquiera del país, pues los pueblos han crecido en caos en gentes, necesidades, en fin… teniendo en cuenta que solo el Distrito Nacional posee esa denominación de barrios de la parte alta.

Estaba en una hora que no es usual para el que vivió muchos años en ellos y se fue. Las razones son las “Supuesta inseguridad”. Eran las seis de tarde. Donde los que trabajan, tanto en el chiripeo como en empresas, empleados públicos regresan cansados a sus casas y los niños de las escuelas públicas.

En la entrada del sector los vecinos pintaban las aceras de verde y rojo. Los niños jugaban en la calle. Los niños gozaban jugando en un espacio, que no es área verde, el cual se va estrechando según se adentra al barrio.

Jóvenes, mujeres y hombres, fluían, algunos de estudios superiores. Por lo bien que se veían parecían hijos de clase media, con la diferencia que en el barrio la mayoría no tiene trabajo estable.

Madres jóvenes que vigilaban a sus hijos y al embadurnamiento de las aceras, jovialmente hablaban entre sí.

Yo, recostado de una pared sin subir los pies, pues estaba recién pintada y la dueña me observaba, esperaba, con cara de serio que era la que evitaba que alguien se me acercara y preguntara: “¿Qué estaba haciendo ahí?” Barrio que conocía desde niño, que caminaba desde niño, ahora nadie me conoce. Cada tiempo tiene su propia vida. Las de antes hambrientas de imágenes, contrario a las de ahora.

En estos tiempos nadie coge para el lugar que vivió así por así dizque para encontrarse con el recuerdo. Hay que decirlo: se tiene miedo y más próximo al anochecer y por suerte había luz.

Recordé que el barrio que viví hace décadas no había un estudiante universitario, quizás uno que venía del interior. Están repletos de escuelas. Miradas y gestos estrechos, retadores al ritmo de la música moderna.

Repletas de iglesias de diferentes denominaciones y una católica como reina por el espacio que ocupa desde la fundación del barrio. De los barrios no sale lo peor de este país, tampoco está la alegría al pecho por las llegadas de las navidades.

No se espera a las navidades para comprar una remúa, para comer manzanas, dulces o una “buena comida”, tal vez para algún sueño como el de dejar el barrio y mudarse para uno mejor o salir del país para otro cuchitril pero con agua y luz permanente.

En fin, llegaba la navidad y por el friito, el doble, la esperanza de estar mejor… bueno somos seres humanos y hay que tener esperanza a las malas.

El autor es escritor.