Debo decir, sin miedo ni temor a los “jaujau” que ladran sin cesar, ni a los francotiradores del éxito ajeno, que el presidente electo Luis Abinader se ha convertido en un fenómeno político por las medidas que ha tomado sin haber tomado posesión. Sin llegar al Palacio Nacional, subir las escalinatas, entrar a su nuevo despacho y sentarse en la silla presidencial (para unos de alfileres y para otros de algodón), abriendo las puertas de la esperanza de un gobierno decente y transparente. Solo con eso me sentiré pagado. El esfuerzo y sacrificio del pueblo habrá valido la pena.
Los nombramientos por la vía del tuit -una novedad- en sentido general han sido bien ponderados. Igualmente el anuncio de medidas específicas, como modernizar el Estado reduciendo su tamaño y garantizando que las instituciones funcionen correctamente, sin gastos superfluos, sin derroche, sin pagar botellas millonarias inmorales.
En el gobierno que comenzará el 16 de agosto habrá transparencia, claridad, rendición de cuentas. La Cámara de Cuentas, que hoy es de cuentos y de encubrimientos, estará integrada por personas honestas y capaces, celosas guardianes de los bienes públicos que harán las auditorías con responsabilidad y claridad para que haya justicia en los casos en que se vulneren los procedimientos que la ley ordena.
El nuevo Congreso –espero- será un aliado de las prácticas correctas y un enemigo de las incorrectas. El Congreso debe legislar y vigilar para que el presidente Abinader y sus funcionarios siempre estén apegados al ordenamiento jurídico.
Luis está enviando señales muy claras de sus intenciones: hacerlo bien, con trabajo, decencia y transparencia. El funcionario que no coja sus indicaciones, no importa que sea o no del PRM, amigo o familia, será sacado del tren gubernamental, y, probablemente, si cometió algún acto doloso, sometido a la justicia. (No como hizo Danilo Medina).
El flamante presidente no será atropellante, ni arrogante, será humilde y educado. Espero que así sea en todo momento, incluso en los difíciles. Lo hemos hablado en más de una ocasión. Luis no será un presidente lejano, inalcanzable, un patriarca o un dios. Pretende ser un presidente de carne y hueso, sensible ante el dolor de su pueblo, cercano, nunca lejano. (Me asustan, tantas bondades, pero estoy dispuesto a confiar, a creer en las buenas intenciones. ¡Alguna vez tendrá que ser!).
En el equipo que está formando Luis hay hombres y mujeres que no pueden fallarle a él ni al país. Y si lo hacen, tendrán que pagar las consecuencias. Conozco la naturaleza humana, sé que hay algunos buscando cargos para luego cargar con todo cuanto puedan. No quiero funcionarios haciendo negocios con el Estado, lo repito.
Juan Taveras Hernández
juanth04@hotmail.com

