Por aquí se diría que los presidentes de Estados Unidos, Donald Trump, y de Brasil, Jair Bolsonaro, fueron cortados con la misma tijera. No es casual que ambos países, los más poblados de la región y dos de los más extensos del mundo, lideren las estadísticas entre los afectados con la pandemia del coronavirus. Y es que, leales al egocentrismo que norma su praxis existencial, los dos coinciden en rechazar, al tildarlo como una imposición, el protocolo sanitario prevenir y contener la enfermedad, aparte de minimizarla como si fuera una ficción.
Frustrado por el escándalo de los políticos tradicionales, el electorado apostó a los antipolíticos como alternativa. Con el orden y el respeto como norte de sus gestiones, sin importar que se tuviera que apelar a la fuerza, exitosos en su vida privada, la gente se dejó atraer por los cantos de sirenas. No reparó en ver a Trump y Bolsonaro como opciones en las que se podía confiar para enfrentar la inseguridad y los vicios propios de la politiquería. Pero olvidaron –y muchos lo están sufriendo- que sus países no eran dictaduras al estilo Rusia, sino sistemas democráticos, que se rigen por instituciones políticas.
Resultado de su irrespeto al orden establecido y de su espíritu autoritario ha sido la renuncia récord de funcionarios tanto en Estados Unidos como en Brasil. En algunos casos las decisiones han tenido en común las confrontaciones de los renunciantes con los mandatarios. El exconsejero John Bolton ha desnudado al presidente Trump, quien trató de impedir la publicación de un libro del exfuncionario en que se denunciaban sus operaciones. Y Bolsonaro enfrenta un proceso por obstrucción elevado nada más que por su exministro de Justicia, Sergio Moro, una de las designaciones que más expectativas causó en la composición de su gabinete. Moro había ganado fama por la lucha contra la corrupción y las acusaciones que llevaron a la cárcel al carismático expresidente Lula da Silva.
Si los electores erraron al elegirlos, Trump y Bolsonaron se ocuparon de confirmar el error al actuar como si estuvieran más allá del bien y del mal. La crisis del coronavirus, a la que ninguno de los dos le ha otorgado la magnitud que tiene, con todo y el récord de infectados en sus países, ha demostrado que son dos peligros para la salud, la paz y la seguridad. Sus egos son los que guían sus acciones, al margen de sistemas y protocolos. Los políticos tradicionales han generado muchas frustraciones por sus ambiciones y la corrupción que tanto ha lastrado el bienestar y desarrollo de las sociedades, pero figuras como Trump y Bolsonaro son una experiencia tan frustratoria que bajo ninguna circunstancia deberían repetirse. Por el bien de todos.
Luis Pérez Casanova
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