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Pedro Corporán

La revolución industrial trajo su propio “mesías” con su consustancial  “biblia” económica, política, social, ideológica, jurídica y moral basada en la filosofía del liberalismo humanista, con categoría de nueva era y misión de sepulturera del viejo orden feudal y esclavista, progenitora real de las grandes ciudades y la compactación social urbana, coronadora de la industria como eje del desarrollo y el progreso de la nueva sociedad que llamaron capitalismo, convertido en nuevo rey de capa y espada del mundo occidental, guiado por las grandes invenciones tecnológicas que expusimos en la entrega anterior.

Las teorías sobre el origen del Estado y su misión social, desde la ius naturalista en la que creían los filósofos griegos Platón y Aristóteles, hasta las basadas en la estructura social, el conflicto, la familia, la guerra o la imperativa socialización del hombre, la cual es mi preferida, fueron impactadas radicalmente con el pensamiento del liberalismo de la nueva clase social dominante, la burguesía, que trajo debajo del brazo su propio modelo de Estado, su código de poder  y fundó su propia era, la era contemporánea que ya lleva 245 años.

Equilibrado es reconocer que en plano general, el capitalismo llevó a la sociedad universal a los más altos estadios y estándares de vida, progreso y desarrollo material y social sin antecedentes en la historia de la humanidad, mérito especial de lo cual merecen los derechos de primera generación que son los de tipologías civiles y políticos de la primera etapa del llamado constitucionalismo clásico, la etapa de las constituciones francesa y americana del último cuarto del siglo XIX.

Pero también, como dictamen filosófico de la unidad de contrarios, la nueva clase social, trajo consigo su antítesis, la clase obrera o como le llama el marxismo, el proletariado, destinado a ser el receptor de la desigualdad social, la miseria y la pobreza material que con el tiempo incubaría el nuevo modo de producción capitalista, por su naturaleza genética de acumulación originaria de capital, la reproducción agresiva del mismo y la concentración de las riquezas.

“Cada régimen lleva en su seno el germen de su autodestrucción”, escribió el prolífico historiador griego Polibio, fiel a su teoría conocida como la anaciclosis. Con apego a su pensamiento, la tolerancia del lector y la especulación como presunción, si pudiéramos retrotraernos a la Era Antigua, Polibio diría que la concentración de las riquezas, es el germen que amenaza con destruir el régimen capitalista, aunque es impresionante su capacidad de mutación recicladora.

Este “germen” prohijador pródigo de desigualdad social, en el primer cuarto del siglo XX, generó el primer gran fracaso del pensamiento liberal contra la misión social del Estado de la era contemporánea o el Estado del capitalismo, misión imposible de realizar sin facultad constitucional de ente interventor y regulador del sistema económico, financiero y productivo de las naciones, fueros que pretendía reducir a ínfima expresión el liberalismo primario.

La razón fue que en apenas 50 años, sumatoria del último cuarto del siglo XIX y primer cuarto del siglo XX, la imberbe bonanza capitalista comenzó a sentir la enorme deuda de la desigualdad social.

Por: Pedro Corporán ([email protected])

El Nacional