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Yelidá

Yelidá

Efraim Castillo

El lenguaje es pues la posibilidad de la subjetividad, por contener siempre las formas lingüísticas apropiadas a su expresión, provocando el discurso la emergencia de la subjetividad Émile Benveniste: Problème de linguistique générale, 1966.

Un pariente de Tomás Hernández Franco (1904-1952) me confesó en los años setenta que el poema Yelidá fue creado para dedicárselo a la madre de Rafael Trujillo, Altagracia Julia Molina Chevalier (1865-1963), a quien todos llamaban Mamajulia y los limpiasacos del régimen bautizaron como Excelsa Matrona. Pero que, al releer Hernández Franco el poema y comprender la magnitud y trascendencia histórica del sujeto poetizado con el nombre de Yelidá, desistió de su intención. La verdad es que no sé si este relato sobre Yelidá es verídico, pero por los antecedentes de la mencionada Excelsa Matrona, por cuyas venas circulaba sangre española por parte de los Molina y sangre africana procedente de Haití por parte de los Chevalier, no parecería descabellado concebir que el poema Yelidá tiene ciertos nexos con la mulatez de la madre del dictador. Tampoco es descabellado intuir que al desistir de la dedicatoria, Hernández Franco enriqueció el poema, incorporándole la simbología concerniente a todo lo que la teogonía santera haitiana envuelve y anexándole trazos de la mitología escandinava, creando así una excepcional totalidad metafórica entre lo binacional, por un lado, y la mulatez, por el otro.

Muchos cronistas literarios se han detenido en la mulatez imbricada en el poema de Tomás Hernández Franco, no como una categoría histórica de la aventura colonialista, sino como categoría racial, lo cual elimina dos de los continuos creados por el poeta en su epopeya: el sincretismo y la transculturación, aún desarticulando el poeta la esfera binacional de la isla, al involucrar a Haití como una totalidad insular.

Es bueno señalar que Hernández Franco había servido en Haití como diplomático y tenía conocimiento de que el mulataje haitiano no constituía una categoría histórica; o sea, una simbiosis etnosocial productora de cultura, debido a su condición de minoría, y que el mulataje, en tanto categoría social, era (es) una realidad en nuestro país. Una pequeña revisión en nuestros archivos podría comprobar los héroes, villanos, presidentes, escritores y generales dominicanos que han sido (y son) mulatos. Hernández Franco también sabía que el asentamiento poblacional nacional no se había efectuado desde Escandinavia, sino desde España. Pero, ¿podía aportar España el halo mitológico de Escandinavia? Claro que no. La permanencia de las viejas sagas (sobre todo aquellas islandesas provenientes de los Siglos XII, XIII y XIV, aún sin la contaminación caballeresca de las de los Siglos XV y XVI) a través de la oralidad, debió servir de motor a Hernández Franco para la posibilitación de su relato poemático, inmerso por completo en la epopeya. Y para reforzar mi tesis, debo señalar que el poeta no inmiscuye en el texto el adjetivo sustantivado mulata para conceptuar el resultado del amor de Erick y Suquiete, los sujetos líricos de un proceso pluriétnico convertido en historia a través del mito

El Nacional

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