El 2 de enero de este nuevo año, en el Distrito Nacional, Rosmery Sosa Rodríguez, de 30 años, madre de tres niños, fue asesinada a puñaladas por su pareja José Ramón Montero, quien huyó de la escena tras el crimen, entregándose después a las autoridades.
El 4 de enero Katherine Méndez, de 18 años y madre adolescente de un niño de dos, fue encontrada muerta en el patio de su casa con múltiples heridas cortopunzantes, de número no reportado, inferidas por Ambioris Breus, feminicida de 25 años, su pareja al momento.
El 22 de enero, en Santiago, Zenaida Muñoz, 23 años y cuatro meses de embarazado, sobrevivió a 42 puñaladas inferidas por su pareja Alex Ovalle Canales, atrapado por las autoridades varios días después del feminicidio intentado.
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Solo tres hechos que convierten en preocupación los escenarios truculentos en el país de la muerte de dominicanas por ser mujeres, feminicidios que encabezan la lista de muertes violentas en el país, porque son unidireccionales y recurrentes.
Y esto, se refiere a sobreasesinatos, “overkill” en el lenguaje internacional que, médico legalmente, es un intento o un asesinato con ensañamiento extremo que implica un número excesivo de lesiones, como heridas cortopunzantes, o traumas contundentes, que exceden el objetivo de matar.
En el caso de la Violencia de Género contra Mujeres, el uso de armas blancas y frecuencia de múltiples puñaladas suelen reflejar ira, desprecio, odio, intención de tortura e intento de reafirmación de poder y dominio masculino sobre la víctima y en ese contexto, va más allá de la violencia, y en los feminicidios de parejas o exparejas, donde el victimario busca infligir el máximo dolor antes o durante el exterminio de su víctima que es una mujer “castigada”.
Este deseo de dominio y castigo como control, tiene raíces fundamentales en las prácticas, ideas y creencias culturales, arraigadas en la sociedad que empuja todo su mensaje en conjunto, en perpetuarlas. Un sistema que pone a las mujeres en situación de inferioridad física y mental permanente que invita ideológicamente al perpetrador a cometer estos horrorosos crímenes.
Y si sabemos que son el punto culminante de un continuo de violencias institucionalizadas en el Estado y sus instituciones, a través de todos los mensajes sociales y ciudadanos, ¿por qué es tan difícil entender que, fundamentalmente, se trata de cambiar esas prácticas y desmontar esas ideas?
Una muestra de desprecio y deshumanización que necesita prevención por un sistema que detecte e importantice circunstancias previas.
Hay que ir a eso.

