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Entre periodismo y literatura

Entre periodismo y literatura

Mario Emilio Pérez ha publicado veintidós obras de relatos y cinco novelas.

Por: Mario Emilio Pérez
marioeperez@hotmail.com

Desde mis años de estudiante de primaria hasta graduarme de bachiller, detestaba todas las facetas de las matemáticas.

Para aprobar el álgebra  del segundo curso del bachillerato tuvo mi padre que pagarle al profesor de la escuela secundaria que la impartía como clases extra en horario vespertino, en su hogar.

Lo mismo ocurrió con la trigonometría, la cual debilitó también el magro presupuesto paterno, esta vez con otro profesor.

Corrían los años de la década del cincuenta, durante los cuales eran pocas las profesiones liberales que se estudiaban en la entonces única universidad del país.

Elegí cursar la carrera de Derecho, porque como desde esos años era lector fervoroso de obras literarias la consideré afín a esa afición, en parte porque no tenía en su pensum a mis enemigas las matemáticas.

Mi aversión a las ciencias donde los números son parte importante, me llevó a pensar estudiar periodismo en la universidad.

En eso influyó que solo se exigía para ingresar a ella haber aprobado el segundo año del bachillerato, lo que me libraría de lidiar con la pesada trigonometría del tercero.

Pero como estaba en plena vigencia la dictadura trujillista, deseché la idea porque me daba desagradable teriquito la posibilidad de verme obligado a escribir noticias y artículos de contenido elogioso al tirano.

Para costear la carrera, comprar obras literarias, participar en jornadas bohemias con libación de cerveza y ocasionales romances, inicié mi labor de locutor radial.

El estreno fue en la llamada Radio Tricolor, propiedad del destacado locutor Hugo Hernández Llaverías, en horario de mala noche.

Mi turno se iniciaba a las once pasado meridiano y finalizaba a las cuatro de la madrugada del día siguiente.

Entre los oyentes figuraban mujeres con problemas con sus parejas sentimentales consensuales o matrimoniales, y de las mal llamadas de vida alegre.

Todas me pedían canciones con los intérpretes de la época, y cuando las complacía llamaban para expresarme su gratitud.

Entonces se producían conversaciones donde aparecían a veces las intimidades de las féminas, convirtiéndome en su confidente, y de algunas fui amante esporádico.

Renuncié de Tricolor para ingresar al noticiario de Radio Comercial Noti tiempo como reportero.

A medida que fui laborando en diversos medios de comunicación fui descuidando los estudios de Derecho.

Eso determinó que la abandonara en el cuarto año lectivo, aunque mucho tiempo después, en los cincuenta y tres de mi edad biológica, la concluí por “vergüenza geriátrica”.

Cuando en 1972 dirigí los servicios noticiosos de Rahintel, tuve la suerte de que el talentoso y combativo comunicador Ercilio Veloz Burgos,  del programa televisivo El Pueblo Cuestiona, me utilizara como sustituto varias veces.

Lo hacía cuando viajaba a Nueva York a visitar a su madre y a otros parientes que residían allí.

Fueron esas intervenciones en un programa de gran teleaudiencia las que me llevaron a experimentar la satisfacción de ser saludado por personas con las que no tenía vínculo de amistad.

Había participado  apenas en dos emisiones de El Pueblo Cuestiona,  cuando el diestro periodista  Alberto Amengual me pidió que lo sustituyera en una ocasión en que por un viaje al exterior no podría realizarlo. Pero donde se desarrolló mi afición de escritor fue cuando en la desaparecida revista Ahora escribí la columna Estampas Dominicanas, las cuales recogí en seis volúmenes debido a su popularidad.

Actualmente llevo publicadas veintisiete obras, veintidós de relatos y cinco novelas.

Dos de mis libros,  Brincando por la vida, y Más brincos por la vida, fueron reproducidos en Sistema Braille y en Casetes por el Departamento para ciegos e impedidos físicos de  la biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

Estoy casi seguro que ese homenaje se debió a que en esas obras hago mofa de mis carencias, entre ellas mi depilada cabellera, que me coloca en desventaja con los moñudos frente a las féminas.

Al producirse el día 11 de octubre de 2020 el sensible fallecimiento de mi amada esposa Yvelisse, el dolor combinado con la añoranza, me sumió más en la lectura y me alejó de mis escritos.

Recuperada con este artículo mi adormecida vocación, se instala en la memoria la frase de Confucio, de incontrovertible veracidad, al afirmar que aquel que trabaje en lo que le gusta, no trabajará un solo día.

El Nacional

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