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Cultura de la violación

Cultura de la violación

Susi Pola

El movimiento feminista de los años setenta acuñó el uso de “la cultura de violación” para mostrar a las violencias sexuales contra las mujeres y una serie de creencias, mitos y prácticas socioculturales apoyadas en el poder y el control androcéntrico sobre sus cuerpos que aún está vigente.

Bajo este concepto las agresiones sexuales cuestionan a las mujeres consideradas guardianas del comportamiento masculino, sobre todo, si denuncian rompiendo el ideal de víctima frágil, afectada, infeliz, sumisa y vencida.

Porque la cultura de la violación libera totalmente a los hombres y a la sociedad de culpa y lo triste es que forma parte de nuestro quehacer total: pensamos, hablamos, decidimos, establecemos, sea en el espacio que sea, a partir de esas creencias apoyadas por el poder patriarcal.

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Rebeca y Laura, nombres ficticios, son las dos latinoamericanas que acusan a Julio Iglesias, frente a la Fiscalía de la Audiencia Nacional de España por crímenes sexuales.

 Las representa Women’s Link, organización feminista interseccional sin fines de lucro que promueve los derechos de las mujeres a través de acciones jurídicas alega sufrieron múltiples formas de violencia, sexual, económica, sicológica y física, por parte de Iglesias entre enero y octubre de 2021 en la mansión que tiene en nuestro país donde trabajaban para entonces.

La organización W. L., definida como liderada por el Sur Global y reconocida internacionalmente por ser antirracista, anticapacitista, anticolonial y ecofeminista, apoyó en los tribunales dominicanos el caso de Esperancita. Y en la denuncia contra Iglesias, hablan de la posibilidad de “un delito de trata de seres humanos con fines de imposición de trabajo forzado y servidumbre, contra la libertad y la indemnidad sexuales tales como acoso sexual”, así como un delito de lesiones y contra los derechos de los trabajadores.

Uno de los mitos que validan y sostienen la cultura de violación refiere a la denuncia de la víctima que, de no ser inmediata, es sospechosa, ignorando como el shock postraumático de las violaciones sexuales junto al miedo, la culpa y tantos otros mitos socializadores, pueden paralizarla por días, meses y hasta años.

Para una mujer adulta denunciar es un proceso bien complicado y romper el silencio frente al sistema es tan traumático como el mismo hecho, sin embargo, a partir de una decisión asumida en el momento en que la mente reacciona por alguna motivación liberadora, abre el tiempo de recuperación y resiliencia.

Tienen fuerza: denunciar es un acto muy grande de valentía contra la cultura de la violación.