Entras a un museo y caminas hacia una de las obras. Giras la cabeza tratando de entender lo que el artista quiere decir, como si detrás de su arte existiera un mensaje encriptado, e inmediatamente, llega, no solo la pregunta “¿qué significa esto?”, también la vergüenza silenciosa de no entender, y no querer admitirlo, solo asentir y seguir su camino. En resumen, para muchos mirar una pieza de arte, es como tratar de pasar un examen para el que no estudiaron.
Este temor no surge de la nada. Tiene raíces profundas, la necesidad de pertenecer y de no ser juzgados. Desde edades tempranas, muchas personas aprenden que no saber puede ser motivo de vergüenza. Así, en espacios asociados al conocimiento o la cultura, se activa una ansiedad particular: la de quedar expuestos y la de no estar a la altura.
Semíramis Medina, psicóloga clínica con enfoque cognitivo conductual, explica que fingir entender algo que, en realidad, no entendemos genera tensión, pues hay una brecha entre lo que se vive por dentro y lo que se muestra hacia afuera.

“A veces aparece vergüenza, ansiedad social o una sensación sutil de impostura. En términos emocionales, es como si la persona se dijera a sí misma: mi experiencia genuina no es suficiente. Cuando fingimos entender, suele activarse una desconexión interna. Dejamos de habitar la experiencia real y entramos en un estado de actuación: tratamos de sostener una imagen, más que de sentir” explica la doctora Medina, con consulta en el Centro Vida y Familia.
¿Qué pierde una persona cuando se censura frente a una obra? Desde el punto de vista psicológico, la doctora sostiene que pierde la posibilidad de un encuentro auténtico.
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“Cuando una persona se censura frente a una obra, deja de preguntarse ¿Qué me pasa a mí con esto? y empieza a preguntarse ¿Qué debería decir para no verme mal? Ese cambio es profundo, porque desplaza la experiencia interna y la reemplaza por una actuación social. Se pierde espontaneidad, curiosidad, disfrute, pensamiento propio y, a veces, una forma muy valiosa de autoconocimiento. El arte no solo revela algo de la obra: muchas veces revela algo de quien la mira”.
En ese sentido, destaca que aceptar que no se entiende el arte abriría espacio para una relación más libre, más honesta y humana con el arte. Afirma que esto permitiría captar el mensaje correcto y entrar en una experiencia más viva: sentir, observar, cuestionar, resistir, emocionarnos o incluso no conectar, sin convertir eso en un fracaso personal.
“Psicológicamente, eso fortalece la autenticidad y la tolerancia a la incertidumbre. Y en un sentido más profundo, también nos devuelve algo esencial: el permiso de no tener que resolverlo todo para poder habitarlo” indicó.
Desde el punto de vista del arte
Para entender, no es necesario saber de arte. Así lo sostiene la reconocida artista plástica Rosalba Hernández: la experiencia estética no está reservada a quienes dominan teorías, corrientes o marcos académicos, considerando que “la sensibilidad ante una obra, la capacidad de conmoverse, de percibir tensión, belleza, dolor o extrañeza es una facultad profundamente humana, no un privilegio técnico”.
El vínculo entre espectador y obra no exige preparación académica. Curiosidad, es el primer paso para acercarse a una obra sin conocimiento, afirma el destacado artista dominicano, radicado en Italia, José Demetrio Peña, “no es necesario tener conocimiento previo, precisamente acercándose al arte es uno de los primeros pasos para iniciar a entenderlo”.

Hernández coincide con él y sostiene que, además de curiosidad, “se necesita disposición y apertura. Dejarse llevar por la pregunta: ¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Qué me provoca esto? La comprensión intelectual puede venir después. La experiencia, en cambio, es inmediata y profundamente humana”.
Distinto es el caso cuando la obra se convierte en objeto de estudio. En contextos académicos o investigativos, entran en juego herramientas como la historia del arte, la semiótica o el análisis del contexto. Allí, la comprensión requiere método. Pero fuera de ese marco, la obra no necesita ser “descifrada” para ser vivida. A diferencia de sistemas cerrados como los jeroglíficos del antiguo Egipto, el arte no siempre demanda traducción para generar sentido.
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¿Explicarse o sentirse? Una pregunta que muchos se hacen, ¿la respuesta? No es excluyente. Peña, destaca que, para aquellos que no tienen los conocimientos necesarios a la lectura de una obra se hace necesario la explicación de la misma, razón por la cual “casi siempre existen guías, ya sea humanas o electrónicas, para explicarle al público las obras expuestas, también en las galerías privadas se usan las visitas guiadas en las exposiciones, muchas veces con el artista, si está en vida, para conectar con el público y profundizar más sobre las obras expuestas. Lo de sentirse depende del interés y la sensibilidad de cada individuo”.

Desde un enfoque interpretativo, no existe una única interpretación correcta. Los referidos artistas plásticos, entienden que es completamente válido que cada persona interprete una obra de arte de manera distinta.
«No por nada se dice que cada cabeza es un mundo. Cada quien mira desde su historia, su educación, su cultura, sus heridas, sus lecturas y su contexto. La obra, al exponerse, queda abierta a esa multiplicidad de miradas. Y eso no la desvirtúa. Al contrario, la potencia. Una obra que admite diversas interpretaciones demuestra que tiene capas, que respira, que se expande más allá de la intención inicial» expuso Rosalba.

