Opinión QUINTAESENCIA

Justicia vs. mora

Justicia vs. mora

Rafael Ciprián

(1-2)

Entre la justicia y la mora judicial se produce una lucha dialéctica eterna. Tienen contradicciones antagónicas, irreconciliables. Por tanto, la justicia está llamada a eliminar la mora judicial o, si no lo hace, la mora judicial termina eliminando a la justicia. 

No puede existir la justicia mientras se mantenga por sus fueros la mora judicial. Y viceversa. Entre ellas se da la unidad y lucha de contrarios. Son como la vida y la muerte, el bien y el mal, lo alto y lo bajo, lo dulce y lo amargo, el yin y el yang o el proletariado y la burguesía. 

La justicia y la mora judicial se generan en el mismo escenario, que es el Poder Judicial; pero son enemigas a muerte.  Solo una puede sobrevivir para que la otra alcance su pleno esplendor, su completo desarrollo. Y esperamos confiados en que prevalezca la justicia.

Esa lucha entre la justicia y la mora judicial produce, irremisiblemente, la negación de la negación. Nadie lo puede evitar. 

La mora judicial es un terrible mal judicial que trasciende a lo social, económico, político e institucional. Muchos no quieren ver esa verdad.  Afecta a toda la sociedad, porque impide su desarrollo y progreso.  Las fuerzas productivas se resienten por causa de una justicia lenta, mala y cara. 

 Toda mora judicial es hija del hábito de postergar, de aplazar decisiones y responsabilidades judiciales. No se puede ver solo como una conducta individual, sino y, muy especialmente, como una práctica institucional. Espanta la confianza pública.

La justicia, por el contrario, representa el ideal de equilibrio, equidad y cumplimiento oportuno de las normas. Es dar a cada uno, con prontitud, lo que le corresponde, como nos enseñó Ulpiano. Si la mora entra por la puerta, la justicia sale volando por la ventana; pero si la justicia prevalece, la mora no solo se reduce a una excepción, sino que desaparece.

La mora judicial tiene múltiples rostros. Puede manifestarse en tribunales congestionados, en expedientes que duermen años sin sentencia, en funcionarios que dilatan los procesos o en abogados que incumplen sus obligaciones procesales. Todos confían en que el tiempo diluirá las consecuencias. En esa situación, el retraso no es inocuo o neutro. Siempre favorece al más fuerte, perjudica al más vulnerable y convierte el derecho en una promesa vacía.

Por su parte, la justicia no solo consiste en decidir correctamente, sino en hacerlo a tiempo. Una sentencia tardía es una justicia denegada. Es una injusticia. La oportunidad es parte esencial del debido proceso, porque la vida real no se detiene mientras los casos esperan resolución. Quien pierde un empleo, una propiedad o la libertad por dilaciones indebidas sufre un daño que ninguna decisión posterior repara por completo.